El contenido moral en la noción de libre albedrío
En el presente ensayo me voy a ocupar, exclusivamente, por argumentar la concepción de libre albedrío y todas sus consecuencias en el filósofo latino Boecio, dentro de su obra la Consolación de la Filosofía. Voy a ocupar este término con un sólo sinónimo, a saber: libre elección. Ello por fines pedagógicos, pues si tratara de emplear otras nociones, tales como libertad, voluntad o voluntad libre, se me haría difícil la explicación del mismo concepto, además de que, libre albedrío, se acerca más a lo que realmente pretende significar, es decir, conciencia de sí o conciencia moral, llamada igualmente razón. El término de libre elección posee un contenido tanto ético como epistemológico. Realmente ese es el asunto del escrito presente. Actuar libremente implica ser dueño de uno mismo en la medida de alcanzar el fin último, a saber, la felicidad —aludiendo al antiguo proverbio del oráculo de Delfos, el cual versa la frase sabia de conócete a ti mismo—. Al decidirme por desarrollar el tema en cuestión, saltó otra dificultad más, cuya resolución va de la mano: el tema moral de la acción humana y su compatibilidad con la Providencia. Así pues, estudiar la naturaleza de la libre elección, me lleva, necesariamente, a estudiar todo su contenido moral y su validez respecto a la razón divina. De esto me dedicaré en las próximas páginas. Por otra parte, doy por entendido todo el argumento ontológico que define la unidad o el principio de unidad. De aquí parte mi explicación.
Como se observa, puedo afirmar que la característica principal de la antropología boeciana consiste en la supresión de las pasiones, o al menos, en el control por la razón que ellas merecen para no perderse a sí mismo. Las pasiones turban a la razón, la cual puede ser llamada, conciencia moral; esto significa que, sin perder contenido alguno respecto al fin que se quiere alcanzar —la felicidad—, la conciencia de sí es el nivel moral más óptimo del ser humano. Esta conciencia de sí puede ser llamada honestidad y la inconciencia cae bajo el concepto de deshonestidad. La inconciencia moral es la falta de razón, en ausencia de ésta, las pasiones toman lugar. Esta ontología que construye Boecio se ajusta a una ética gobernada por la razón, o de otro modo, la lógica tiene un lugar especial en el desarrollo de la capacidad de los seres humanos para llegar a la felicidad.
El hombre está en relación con el mundo y lo que se presenta como ontos son las relaciones en el mundo, dirigidas por la razón; en este caso, Dios y tales relaciones son conocidas por la conciencia de sí mismo, la cual posibilita actuar moralmente (conciencia moral) en el mundo. Tal orden está comprendido bajo el control de Dios. Existe un conocimiento de esto gracias a la participación de Dios. Por lo cual se puede afirmar que, mientras tenga conciencia de mi mismo, tengo la posibilidad de actuar moralmente.
Pero ¿qué es actuar moralmente? ¿cómo saber cuando una acción se le atribuye un valor de bondad, o bien, puede ser llamada moralmente buena? En la voluntad y en la capacidad es donde se realizan todos los actos humanos. Antes de dar resolución a esta controversia, es preciso que revele otra más.
Habiendo encontrado la respuesta a esta última, la de aquella se me presentara de modo más sencilla. Tal dificultad ulterior es aquella que presenta por un lado, el determinismo, y por el otro, la libre elección de los hombres. De ello surgen preguntas: ¿en qué medida son compatibles el determinismo y la libre elección? ¿cuál es la necesidad de uno respecto de otro, para no socavar la ontología de Boecio, la cual sostiene que todo tiende a una mejora constante, hacia el bien supremo, la felicidad, identificada con Dios? Repito, ¿cómo se hace posible identificar el determinismo, la Providencia con la libre elección, y con ello, todo su contenido moral? Véase de que manera es posible esto.
El carácter ontológico es el cambio constante de todo lo creado, lo cual se nota con bastante claridad en los últimos dos versos del poema III del Libro II hallados en el libro de Boecio, los cuales apuntan lo siguiente:
Una ley eterna y constante establece
que ningún ser creado sea constante.
El movimiento es lo característico de todo cuanto existe, y aunque no es una actividad desprovista de orden, tampoco se puede decir que lo creado queda arbitrariamente en movimiento sin la observación de lo que desde la eternidad es presente, Dios. Este determinismo contiene la visualización de lo que va a ocurrir, tiene la ciencia del resultado de las acciones humanas. Si esto es cierto, si ya de algún modo todo está determinado, ¿dónde queda la libre elección del hombre? Si ya desde antes que se realizará acción alguna en el mundo, Dios conoce lo que será de ella, ¿qué caso tiene hablar de la conciencia moral, es decir de la razón? El argumento del determinismo me obliga a pensar que la libre elección nos es dada por Dios, por causa divina y, por tanto, no es una actividad nuestra propia ni naturalmente, y en consecuencia me lleva a aceptar —si ello es así— que no razonamos de modo alguno. Parece, pues, que Dios nos juega una treta. Con el determinismo no hay motivo para atribuir valores morales a las acciones humanas porque elimina la moral en el mundo; cuando dice que todo está determinado, se dice también que hasta la misma elección lo está, de lo cual se sigue que elimina inmediatamente a la libre elección; entonces parece ser que, la reflexión o razonamiento que se desdobla cuando llevamos a cabo la libre elección no es nuestra. Sin la existencia de ésta no es posible adjudicar responsabilidad a los hombres de las acciones que realizan, y en consecuencia no sería válido decir que este hombre es honesto y aquel otro es deshonesto. Además, si los acontecimientos futuros están previstos, significa que lo que haya de ocurrir está previsto por Dios, y que, en efecto, lo previsto suceda.
El carácter humano no es azaroso ni depende de aspectos o situaciones accidentales, ajenas a la naturaleza humana, sino que dicho carácter obedece a la máxima de ser dueño de sí mismo, y es así debido a su razón. Dios es sempiterno, ve todo acontecimiento –pasado, presente y futuro— como presente, actual y, además, cada uno de esos sucesos vistos con anticipación tendrán que suceder, sólo que algunos de tales acontecimientos proceden de la libre elección y otros de la ciencia de Dios, pero todos son vistos por Él. Ello no significa que para la mirada divina tales acontecimientos que vienen de la libre elección pierdan su naturaleza de necesidad, sólo que tampoco pierden su absoluta naturaleza de ser libres, tan sólo:
[…] se producirán sin duda alguna todos los acontecimientos que Dios sabe con antelación que se producirán, pero alguno de ellos proceden de la libre elección, y éstos, aunque se produzcan, con la existencia no pierden su propia naturaleza, según la cual, antes de que sucedieran, habían podido no producirse (Boecio: 318).
y pues:
[…] la condición de la naturaleza humana es tal que se eleva por encima del resto de las cosas sólo cuando se conoce así misma, mientras que se rebaja a un rango inferior al de los animales una vez que deja de reconocerse; mientras que es natural que los otros seres animados no tengan conocimiento de sí mismos, para los hombres esto deriva de su imperfección (Boecio: 159)
En síntesis, la compatibilidad entre el determinismo y la libre elección radica en que la Providencia no pierde su sentido; ésta toma en cuenta y ve como un ojo vigilante que los actos humanos pueden cambiar, y que, efectivamente, lo hagan. Ello no nos lleva a sostener como verdadero que al cambiar nuestros propósitos ya previstos por la Providencia, cambie como consecuencia y con toda necesidad el conocimiento divino. La presciencia que Dios tiene de todo lo que sucederá tiene carácter de necesidad; y “en realidad, la visión divina precede a todo acontecimiento futuro […], permaneciendo inmóvil, de una sola mirada anticipa y abraza […] cambios” (p. 319).
Si bien la libre elección no pierde su naturaleza para la mirada de Dios, los actos de ésta razón devienen necesarios, mientras que para los hombres dependen del poder y de la capacidad de llevarlas a cabo. Habiendo resuelto esto, paso de inmediato al tema que me ocupa en este ensayo: el contenido moral de la libre elección.
La felicidad es el supremo bien que suma a todos los bienes, es por tanto, el bien por la que todas las acciones se realizan. Entonces toda acción es realizada con vista a un fin único, alcanzar la felicidad, llegar a Dios. Siendo esto el bien supremo, cada cosa está orientada a este aspecto, cada cosa está ordenada según una norma que le es propia, y esa norma, está dirigida hacia el bien, hacia Dios. Trayendo a cuenta el primer argumento con el que abrí el presente escrito, se afirma que todo lo que existe tiende hacia el bien; el orden respecto al bien es el principio de unidad. En resumen, nada se realiza conforme al mal, menos aún con vista a realizarlo. Si todo cuanto existe tiene unidad, y si ésta coincide con el bien, es preciso decir que todo cuanto existe es bueno, por tal argumento si algo se hiciese conforme al mal la unidad desaparece. De este modo, todo aquello que se aparta del bien deja de existir. Y como el mal se aparta y es ajeno al bien, es menester sostener que el mal no existe, y que toda elección conforme a la razón está dentro del ámbito, exclusivamente, del bien o de lo que lleva al bien supremo; así mismo, aquel actuar que está dentro del campo del mal no es atribuida ni a la libre elección ni a la razón, sino a la ignorancia y a la pasión. Hay que notar que estas dos naturalezas, la primera llamada honestidad, la que le sigue deshonestidad, pertenecen al hombre y a la bestia, respectivamente. Cuando una acción del hombre es considerada mala, de inmediato deja de ser humano, pierde su naturaleza honesta, para caer a un grado inferior del de la dignidad humana, a saber, la deshonestidad; aunque físicamente tiene la figura del ser humano, ha perdido la facultad de libre elección, la razón, a la cual le doy el nombre de fuero interno.
Si todo cuanto existe es un bien, y sólo el bien es, parece contraintuitivo que al efectuarse una acción deshonesta, digamos que no existe, al no tener como fin el bien supremo. Digo que es contraintuitivo porque los sentidos me dan la suficiente información para poder decir que sí se realiza tal acción en el mundo, pero no se le considera una acción humana, por falta de conciencia. Como ya quedo demostrado más arriba, toda acción humana se realiza en la voluntad y en la capacidad, y si se quiere y si se puede llevar a cabo el bien supremo, podemos decir de esa persona que existe y, por tanto, que es conciente de sí, que tiene conocimiento, pero no podemos decir lo mismo de aquella otra que no tiene como fin el bien. Ello es por una sola razón: la falta de conocimiento, la ignorancia. Una persona que emprende alguna acción deshonesta lo hace realmente por ignorancia, porque no tiene la capacidad y la libre elección de cumplir con el bien supremo, entonces, si no tiene capacidad y poder de cumplir con la felicidad, no es válido aceptar que esa acción deshonesta se encuentre en su fuero interno, a saber, en el libre albedrío y en la capacidad, puesto que carece de ambas, además, en ellas únicamente se hallan las acciones que poseen conciencia moral. En lugar de la razón no tiene más que sus pasiones, y a éstas son atribuidas sus acciones. Las pasiones hacen perder la conciencia de sí, provocan una inconciencia moral. La conclusión a la que se llega con esto es la siguiente: sólo existen acciones humanamente buenas. Sólo el conocimiento es, su falta, la ignorancia, no es. Tener conocimiento y conciencia moral es saber aplicar con la libre elección, o sea, con la razón, las acciones humanamente buenas, dictadas por el fuero interno.
Ahora bien, decimos que esta acción es buena o mala, según sea el caso. Ahí está oculta una paradoja que es preciso resolver: el problema de si existe el mal o no. Si la logro desarrollar hasta su resolución, la conclusión a la que llegue será un argumento más a favor de la idea de que el bien es lo único que existe, lo cual implica, necesariamente, que el mal no existe.
La idea de bien es perfectamente intercambiable con la de ser, de donde se deduce que el mal lo es con respecto al no ser. Las acciones de las personas deshonestas carecen del favor divino y, según el grado de constitución humana, si ser desgraciado es estar por debajo de la condición humana, entonces deja de ser humano en la medida que actúa de manera malvada, por falta de conocimiento, por carencia de la conciencia moral. Todo el que efectúa el mal es ajeno al bien, porque no lo conoce, es ignorante respecto al bien. Parece, pues, que la única naturaleza y moral humanas posibles son la de realizar el bien. La idea de libre albedrío es la siguiente: todo lo que existe es bueno, y todo lo bueno existe. Conocer y saber aplicar la razón —conciencia moral— es actuar moralmente bien, en vista a la felicidad; también es ser conciente de sí, ser honesto y recibir el favor divino, es decir, tener libre elección.
La razón es una facultad de juicio con la cual se pueden discernir las cosas, de tal manera que el hombre es capaz de distinguir entre lo que quiere evitar y lo que desea; como todo ser racional desea únicamente el bien superior, porque lo juzga mejor que su contrario, su querer y su desear siempre tienden al bien y no más.
A todo esto, ¿qué significa ser conciente de sí mismo? Es el fuero interno donde se halla la honestidad, ésta es el grado más óptimo de condición humana. Es la capacidad de los hombres por buscar la ciencia, no en las cosas mismas que pueden ser conocidas, si en las capacidades del propio sujeto, ya que “todo juicio es un acto del sujeto que juzga y es lógico que cada uno lleve a cabo su tarea basándose no en las capacidades de otros sino en las suyas propias” (Boecio: 306).
A este argumento me he dado el lujo de nombrarle “El argumento Epistemológico a favor de la libre elección”. El cual es el siguiente: dentro de todo el conocimiento empírico que nos llega a través del cuerpo, las facultades del espíritu son las encargadas de ordenar y organizar estas impresiones de acuerdo a su propia actividad; o sea, del conocimiento de los objetos materiales, el fuero interno no padece tales impresiones sino que es libre respecto de ellas, y por tal razón, se puede emitir un juicio sobre ellas mismas. Este tipo de conocimiento corresponde al hombre, otro distinto es atribuido a los animales —la imaginación—, y otro más, el superior, es la ciencia de Dios. Ahora, respecto al tipo de conocimiento atribuido a los animales, les permite evitar o desear un objeto; la razón, exclusiva del hombre; la inteligencia es atribuida a la naturaleza divina. Precisamente aquí es donde está la unidad de la Epistemología y la Ética de Boecio. El grado de cado una de estos corresponden al grado de dignidad humana. Ello se ve en el cuadro siguiente, el cual resume toda la argumentación que hasta ahora se ha realizado.
Cuadro de Unidad Racional
Epistemología Ética Constitución humana
Razón Conciencia moral Honestidad
o conciencia de sí o libre elección
Ignorancia Inconciencia moral Deshonestidad
o inconciencia de sí
Apéndice
La Providencia es la razón o inteligencia divina que gobierna todo movimiento, es increada, simple e inmóvil. Todo aquello que ha sido creado posee movimiento y tiene su causa en la inteligencia divina, conocido como Destino. Lo que ha de realizarse es la Providencia. Lo que la simplicidad divina ha dispuesto llevar a cabo mediante nexos y encadenamientos se le llama Destino. La obra dispuesta por Dios está vedada a la naturaleza o razón humana, y como toda cosa tiende hacia el bien de acuerdo a su propia norma —es decir, todo está en constante mejora—, es cierto decir que la Fortuna es siempre buena, a pesar de que los seres humanos no conocen el Destino. Todo lo previsto no guarda error. La ciencia no ve error alguno en sí misma. De donde se dice que si un acontecimiento se considera distinto de como es en realidad, no se tiene presciencia alguna de tal evento, es decir, no existe verdadero conocimiento de él.
Cabe preguntar, ¿cuál es la naturaleza divina y su conocimiento? Eterno. Lo eterno es la aprehensión y la posesión en una sola vez de la totalidad de la plenitud de una vida sin límites. Es necesario acercarse al conocimiento de Dios antes de resolver el conflicto entre libertad y necesidad. El conocimiento de Dios siempre es presente, porque abraza todos los espacios y todos los tiempos, no es un conocimiento previo al futuro, sino un conocimiento que siempre está presente, que es actual y nunca pasa. Boecio lo dice de mejor modo de la siguiente manera, “[…] este conocimiento divino previo no altera la naturaleza de las cosas ni su propiedad y las ve presentes ante sí, tal como se producirán en el tiempo en algún momento futuro” (Boecio: 316).
Mi conclusión es la siguiente. La tesis donde configura a la ética y a la epistemología me parece aceptable, aunque no cambia en mucho a la idea socrática que hace ver que ser sabio es ser virtuoso, donde la ciencia es la encargada de formar la constitución humana o de educar el fuero interno. Tener el conocimiento es poseer la capacidad de actuar de manera moral, según Boecio. A este respecto lo que pongo en duda son los términos técnicos de los que hace uso, tales como honestidad y deshonestidad. Entiendo su significado y el sentido al que apela, pero no creo que sean los conceptos adecuados. Además la naturaleza humana la hace pender del conocimiento divino. Para sostener toda su argumentación acude a Dios, para verse a salvo.
Las ideas de Destino y Providencia las veo tan sólo como recursos, pero no creo que sean parte de su ontología por la siguiente razón: si Dios lo sabe todo en un momento presente, no entiendo la necesidad de plantear por un lado la Providencia como lo inmóvil o la simplicidad de la divinidad, y por otra, el movimiento de lo creado, sino que ambas deberían formar parte de una sola noción que se correspondan. Como filósofo no hallo su originalidad. Toma la base de argumentos ya establecidos por la Grecia presocrática y por la filosofía helénica.